
Cuando yo era niño decía y contaba muchas mentiras.
Las decía para esquivar, casi siempre inútilmente, alguna consecuencia de mis actos de trasgresión al orden familiar o escolar, las dos fuentes principales de mis miedos más profundos. Abandoné ese tipo de mentiras porque nunca funcionaron ya que tarde o temprano, sea por la perspicacia de mi madre, la profesora u otra autoridad, sea por mi conciencia demasiado sensible para ser cínica o mi racionalidad, demasiado rebuscada para deshacer los argumentos que yo mismo hacía en mi interior para deshacer la patraña, la verdad terminaba imponiéndose y yo irremediablemente acababa asumiendo las consecuencias. Es decir, las mentiras que produce el miedo nunca me han funcionado.
Varios años y miles de páginas después, he concluido que esas mentiras son efectivamente pecado, o sea, la más rotunda irresponsabilidad.
Pero no sólo decía, sino que contaba mentiras. Y estas segundas mentiras no tenían más utilidad que entretener al que me escuchaba. Cuando lograba su interés se prolongaban, iban germinando solas, brotando del suelo de una charla indecisa, producían primero hojas, después frutos y dejaban no se qué de alimento en el alma mía y del oyente. Con un viejo amigo mío, el más antiguo después de mis hermanos, nos contábamos este tipo de mentiras y lo más curioso es que cuando uno ya no tenía como seguir con la historia, el otro la completaba, la adornaba y la devolvía como si el narrador se hubiera olvidado de esos detalles que de pronto recordaba para seguir con su mentira hasta que sonaba el timbre que anunciaba el final del recreo. No puedo recordar hoy ninguna de esas mentiras infantiles que volaron por el patio de mi escuela, la esquina de mi barrio o el bar de mi adolescencia, sólo me queda la impresión de que siempre tuve una imaginación desbordada a la que le creí más que a la realidad, al orden que se me hacía muerto, a la responsabilidad que me parecía una cosa hipócrita de adular a los adultos.
Varios años y miles de páginas después, me he enterado de que eso es efectivamente, literatura, o sea, una gran responsabilidad.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada