martes, 29 de junio de 2010

La viuda de Naim

Venía un entierro. Una de esas procesiones tan tristes en las que el silencio solo tiene notas de dolor, de incredulidad, perplejidad y miedo. Es como si el aire se suspendiera preñado de recuerdos y arrepentimientos, de necesidades de reparación, de rabia por la injusticia que es la muerte. Más aún si la muerte es tan antinatural como la de un hijo. Y más aún si este hijo era un joven de veinte años. Y peor todavía si era un chico bueno. Y terriblemente más grave si era el único que podía sostener a su madre viuda.

Jesús lo ve de lejos. Ve a esa viuda doblemente mordida por la muerte del marido y del hijo. Yo me atrevo a pensar que vio en ella a su propia mamá viuda. Me atrevo a pensar que se vería a sí mismo en el hijo muerto. Que vería en esa situación el inmenso dolor de la Mujer. Me atrevo a sentir que su corazón asumía una vez más nuestros dolores. Como si dijera: “tengan calma, hijos, déjenmelo a mí, yo asumiré este dolor… vengan a mí los cansados, los tristes y atribulados”. Detiene al cortejo.

Me es difícil seguir con este escrito. Es demasiada la compasión que veo en el Divino Corazón. No me atrevo a imaginar el encuentro de la mirada de Cristo con los ojos ya secos de tanto llanto que tendría esa pobre viuda. No puedo rozar siquiera ese dolor, una de esas penas que te dejan muerto en vida, uno de esos golpes que te alejan todo lo que te rodea y te vuelve casi loco: ni la razón, ni el corazón, ni siquiera el pulso funciona ya. La mirada perdida que atraviesa las cosas. La piel envejecida de golpe que recibe sin reacción abrazos y caricias compasivas de gente extraña aunque sea la propia familia porque ante la muerte de un hijo todos somos extraños y no podemos llevar el más mínimo consuelo al corazón de esa madre.

Ay, Señor, cuánto dolor puede haber en este pobre mundo. Tú lo sabrás…

Entonces he aquí que el corazón del Señor ve todo esto. Los discípulos lo rodean con ojos llorosos. Ninguno se atreve a pedir nada. Son gente de pueblo, y no hay gente de pueblo que no llore en un entierro, sea de quien sea. Más aún, una viuda cuyo joven hijo ha muerto. Jesús detiene el cortejo. Algo de indignación natural debe haber suscitado este suceso tan extraño. Los deudos se molestarían con quien de pronto interrumpe el río de su dolor. Pero algo hay en ese Rabbí que impide cualquier objeción. Dice el Evangelio que Jesús “sintió una gran compasión” por la viuda y repito que no puedo dejar de ver en esa compasión el recuerdo de María en el corazón del Hijo. Le ordena dulcemente: “no llores” y se dirige al joven muerto: “Joven, a ti te digo: ¡Levántate!”. Nunca se escaparía al lector cristiano que este mandato preludia la propia resurrección del Señor. Nunca se escaparía tampoco que es un llamado dulcísimo a cada hombre que muere por el pecado. Nunca podría esconder que hoy, ese joven soy yo y esa madre es la mía, y esa madre mía a su vez un pálido reflejo de María. Y no olvido tampoco que esa última frase de Lucas es la forma más honda de la vida cristiana: “y Él le devolvió a su madre”.

2 comentarios:

Un amigo dijo...

Roncuaz: muchos de tus comentarios no son muy doctos, algunos son bastante simples. Pero me gusta leer tu blog porque encuentro algo muy escaso en internet: la sencillez de un cristiano que se reconoce pecador y limitado; la alegría simple de un hijo de Dios que se descubre redimido por el Señor; la nobleza de un torpe Pedro perdonado una y mil veces por su Maestro. Frente a tantos egos heridos y tantas agresiones encuentro un espacio caridad en el mundo virtual. Gracias hermano.

roncuaz dijo...

Pues te agradezco mucho este comentario... creo que lo único que intento con este blog es dar un testimonio del Amor de Dios que hace tantas cosas buenas en mí y en todos a pesar de mis limitaciones y traiciones... un abrazo en el Señor