Más allá de estos acontecimientos, o en realidad debajo de ellos, la guerra perro-gatuna siguió su curso natural. Una tarde en que don Bernardo se sentaba a fumar su acostumbrado habano de los sábados después del almuerzo, haciendo honor a una costumbre británica aprendida en el encumbrado y hoy venido a menos club social de Ciudad Azul, acompañado por su viejo pariente dueño del último diario decente de la otrora noble orbe, fue sobresaltado junto con su acompañante por un ruido que aunque parecía venir del infierno venía desde la casa de los pollerudos. No tardaron en reconocer que se trataba de una feroz pelea entre Cipriano, el perro labrador de los eclesiásticos y Voltaire, su más amado gato, el gran jefe del clan felino que habitaba el techo, el patio y los jardines decadentes de la mansión Bernardez de Alba y Arteta. Aunque morían de curiosidad ninguno de los dos patricios ciudazulescos tuvo el atrevimiento de asomarse, neutralizados mutuamente por la educación común del manual de Carreño que condenaba como acto incivil y de pésimo gusto andar de fisgón. Queda claro ya por un episodio pasado, que de haber estado solo cualquiera de los dos se habría subido al palto. El asunto es que se limitaron a escuchar esos rugidos y ladridos irreproducibles con las torpes onomatopeyas guau y miau que más bien sonaban a cosa del demonio, como cuando hablan varias voces en un poseso, -o en un viejo guarapero, protegido de los pollerudos, que se mete a la casa de uno- acotó don Bernardo a este su narrador.
El asunto es que en medio de la gresca animal comenzaron a escuchar la voz de uno de los clérigos intentando poner paz de una manera por demás curiosa:
- ¡Cipriano! ¡Deja de morder a ese animal satánico! ¿No sabes que con el diablo no se dialoga? Mucho menos se le muerde…
Grito seguido de una serie de improperios impropios de un religioso en los que don Bernardo reconoció por fin la voz del misterioso pollerudo que lo había amenazado con la muerte a periodicazos, asunto que se vio confirmado porque efectivamente comenzaron a sonar los golpes inequívocos de un diario enrollado con el que el clérigo intentaba espantar a Voltaire.
- ¡Gato de mierda! Yo te voy a enseñar a respetar a la Santa Madre Iglesia…
Gritó, según parece por haber recibido un arañazo del felino. Se hizo un breve silencio durante el cual los dos patricios se miraron uno al otro. De pronto, vieron un bulto negro volar desde el otro lado del muro. Lo hubieran confundido con una enorme pelota de trapo si no fuera porque en el aire comenzó a girar con el típico reflejo de los felinos que siempre caen de pie. Recuperada su forma, el animal terminó su improvisado vuelo sobre el pecho del noble pariente de don Bernardo haciéndole tirar su habano y cayendo de la mecedora con Voltaire prendido a su fino saco de alpaca. Una vez que se reincorporó, el gato voló, esta vez por sus propios medios, hacia el techo donde se quedó agazapado con los nervios de punta y mirando fijamente hacia el muro. No habían terminado de salir de su asombro cuando escucharon otra voz:
- ¡Hermano Bernardo! ¿Qué has hecho?
- ¡Justicia! He hecho justicia, hermano superior…
De lo que sigue sólo captaron susurros los nobles patricios, pero yo que soy el narrador, doy fe de que el diálogo continuó más o menos así:
- No, hermano Bernardo, lo que has hecho ha sido un abuso: lanzar a un pobre animal por encima del muro…
- Pero, iba a matar a nuestro Cipriano…
- Vamos hermano, nunca un gato mata un perro, ten un poco de sentido común.
- Perdóneme padre, he pecado…
- Déjate de pecados sonsos y de enredar las cosas con tus grandilocuencias de siempre. En todo caso como penitencia vas a ir en este momento a pedirle perdón a don Bernardo, nuestro vecino…
- Pero…
- Pero nada. Y le vas a llevar el keke del postre como agradecimiento por las paltas y satisfacción por lo del gato.
Sonó el timbre de la vetusta mansión. Don Bernardo abrió y se encontró cara a cara con Bernardo, el fraile.
- Así que es usted el que me iba a matar a periodicazos ¿verdad?
- No señor, yo iba a matar a periodicazos a un viejo ridículo que quería envenenar a mi perro ¿No es usted verdad?
Respondió fray Bernardo y continuó sin esperar respuesta a su respuesta.
- En todo caso, vengo en nombre de la santa obediencia a pedir humildemente perdón y a traerle este pequeño obsequio como satisfacción de las molestias causadas por el lanzamiento de su felino satánico por encima del muro. Confieso que he sido yo. Ah, y también como muestra de agradecimiento por las paltas que nos mandó la vez pasada.
Don Bernardo vio la oportunidad de mostrar ante su pariente el valor de los Bernardez de Alba y Arteta, sí, ese valor del siglo XII y lo de Córcega, y le dio un sonoro bofetón al más puro estilo doña Florinda a don Ramón. Fray Bernardo estuvo a punto de empotrarle el keke en la cara al maldito anticlerical, envenenador de perros y criador de gatos diabólicos, pero la santa obediencia siempre había podido más que sus pasiones, así que se incorporó y puso la otra mejilla, volviendo a ofrecer el regalo en silencio. El gesto desarmó a don Bernardo quien sólo atinó a recibir el keke y musitar un “muchas gracias” cerrando la puerta en la cara al fraile.
Fray Bernardo hizo todo el recorrido a su casa pensando en las mil y una maneras que tendría para vengarse del maldito viejo y al mismo tiempo arrepintiéndose y pensando en confesarse de querer matar al prójimo. Don Bernardo por otro lado sólo atinó a preguntarle a su pariente:
- ¿Quieres un pedazo de keke?
Trataba de disimular pero la verdad sea dicha, nunca antes había visto un pollerudo tan coherente con las enseñanzas de ese su Dios inventado.
– Había que reconocerlo…
– Es verdad don Bernardo
– ¿Qué?
– Nada, nada…
– Tú limítate a narrar que para eso te pago…