martes 21 de febrero de 2012

Meditación sobre la Iglesia



Releyendo un famoso texto de De Lubac
Lamentablemente no son pocas las veces en que la Iglesia no parece lo que es. Se me ocurre que el problema no está sólo en ella sino en quien la mira. Una persona calculadora verá en muchos pasajes de su historia pasada y presente, permanentes juegos de estrategia y astucia. Alguien interesado en el dinero verá uno de los negocios más rentables de la humanidad. Otro, interesado en la psicología, encontrará como objeto de estudio una curiosa histeria colectiva que ya dura más de dos mil años. Este es un primer asunto y en buena parte se trata de la mirada desde fuera, la burla permanente del mundo que no cree en Dios y ve a la Iglesia como un mero fenómeno humano. Y claro, desde la óptica que surge de la imposibilidad de lo espiritual, es todo lógico. A mi la verdad, no me interesa mucho. Lo he visto innumerabes veces y nunca me ha convencido como lo hizo Cristo.
Más grave es cuando la mirada del que está dentro se enturbia. Y eso puede pasar cuando el cristiano, en algún momento de su caminar, se da cuenta del abismo del pecado en la Iglesia. Es cosa sabida que ninguna de las miserias de los hombres que la conforman queda escondida en su historia. Ni en la pasada ni en la presente. Al final todo se sabe. Y eso ocurre porque en ella está la mirada del que la fundó sobre hombres débiles y pecadores.
Esto se conoce por el catecismo y uno se está tranquilo mientras es teoría o texto. Pero cuando las cosas ocurren, cuando se hace patente la miseria de los hombres, cuando nuestra propia mezquindad y torpeza sale a la luz, vaya que duele, confunde, amarga, entristece, frustra. En esa situación, unos no verán más solución que salir de ella, alejarse de esa gente a la que llamarán malvada o estúpida, sin verse ya a sí mismos en su necesidad de justificar la huída. Otros se quedarán pero como los peces muertos que lleva la corriente, participando como por fuera, repitiendo los ritos y las doctrinas, pero su corazón se habrá hecho desconfiado y siempre dispuesto a la crítica velada, a la distancia interior, permaneciendo en la Iglesia por algún interés ajeno a la fe. Otros no querrán enterarse de esa monstruosa realidad que es el pecado en la Iglesia y preferirán el fanatismo, los festivales, el entusiasmo fácil y el ruido que los anestesie en una dudosa alegría que tarde o temprano se acaba. Otros más, benditos ellos, buscarán en la mirada de Dios la única posible salida, la única luz que puede devolvernos la esperanza. Como muchos cristianos a lo largo de la historia de Dios con los hombres que llamamos Iglesia, yo he pasado por todos esos estados para terminar intentando ser humilde en el último. No me quejo, pero cómo duele aprender de verdad esta dura verdad.

lunes 20 de febrero de 2012

Blogonovela, cuarta entrega en la que se narra la primera batalla perrogatuna


Más allá de estos acontecimientos, o en realidad debajo de ellos, la guerra perro-gatuna siguió su curso natural. Una tarde en que don Bernardo se sentaba a fumar su acostumbrado habano de los sábados después del almuerzo, haciendo honor a una costumbre británica aprendida en el encumbrado y hoy venido a menos club social de Ciudad Azul, acompañado por su viejo pariente dueño del último diario decente de la otrora noble orbe, fue sobresaltado junto con su acompañante por un ruido que aunque parecía venir del infierno venía desde la casa de los pollerudos. No tardaron en reconocer que se trataba de una feroz pelea entre Cipriano, el perro labrador de los eclesiásticos y Voltaire, su más amado gato, el gran jefe del clan felino que habitaba el techo, el patio y los jardines decadentes de la mansión Bernardez de Alba y Arteta. Aunque morían de curiosidad ninguno de los dos patricios ciudazulescos tuvo el atrevimiento de asomarse, neutralizados mutuamente por la educación común del manual de Carreño que condenaba como acto incivil y de pésimo gusto andar de fisgón. Queda claro ya por un episodio pasado, que de haber estado solo cualquiera de los dos se habría subido al palto. El asunto es que se limitaron a escuchar esos rugidos y ladridos irreproducibles con las torpes onomatopeyas guau y miau que más bien sonaban a cosa del demonio, como cuando hablan varias voces en un poseso, -o en un viejo guarapero, protegido de los pollerudos, que se mete a la casa de uno- acotó don Bernardo a este su narrador. 
 

El asunto es que en medio de la gresca animal comenzaron a escuchar la voz de uno de los clérigos intentando poner paz de una manera por demás curiosa:


-          ¡Cipriano! ¡Deja de morder a ese animal satánico! ¿No sabes que con el diablo no se dialoga? Mucho menos se le muerde…


Grito seguido de una serie de improperios impropios de un religioso en los que don Bernardo reconoció por fin la voz del misterioso pollerudo que lo había amenazado con la muerte a periodicazos,  asunto que se vio confirmado porque efectivamente comenzaron a sonar los golpes inequívocos de un diario enrollado con el que el clérigo intentaba espantar a Voltaire.


-          ¡Gato de mierda! Yo te voy a enseñar a respetar a la Santa Madre Iglesia…


Gritó, según parece por haber recibido un arañazo del felino. Se hizo un breve silencio durante el cual los dos patricios se miraron uno al otro. De pronto, vieron un bulto negro volar desde el otro lado del muro. Lo hubieran confundido con una enorme pelota de trapo si no fuera porque en el aire comenzó a girar con el típico reflejo de los felinos que siempre caen de pie. Recuperada su forma, el animal terminó su improvisado vuelo sobre el pecho del noble pariente de don Bernardo haciéndole tirar su habano y cayendo de la mecedora con Voltaire prendido a su fino saco de alpaca. Una vez que se reincorporó, el gato voló, esta vez por sus propios medios, hacia el techo donde se quedó agazapado con los nervios de punta y mirando fijamente hacia el muro. No habían terminado de salir de su asombro cuando escucharon otra voz:


-          ¡Hermano Bernardo! ¿Qué has hecho? 

-          ¡Justicia! He hecho justicia, hermano superior…


De lo que sigue sólo captaron susurros los nobles patricios, pero yo que soy el narrador, doy fe de que el diálogo continuó más o menos así:
 

-          No, hermano Bernardo, lo que has hecho ha sido un abuso: lanzar a un pobre animal por encima del muro…

-          Pero, iba a matar a nuestro Cipriano…

-          Vamos hermano, nunca un gato mata un perro, ten un poco de sentido común.

-          Perdóneme padre, he pecado…

-          Déjate de pecados sonsos y de enredar las cosas con tus grandilocuencias de siempre. En todo caso como penitencia vas a ir en este momento a pedirle perdón a don Bernardo, nuestro vecino…

-          Pero…

-          Pero nada. Y le vas a llevar el keke del postre como agradecimiento por las paltas y satisfacción por lo del gato.


Sonó el timbre de la vetusta mansión. Don Bernardo abrió y se encontró cara a cara con Bernardo, el fraile.


-          Así que es usted el que me iba a matar a periodicazos ¿verdad?

-          No señor, yo iba a matar a periodicazos a un viejo ridículo que quería envenenar a mi perro ¿No es usted verdad?


Respondió fray Bernardo y continuó sin esperar respuesta a su respuesta.


-          En todo caso, vengo en nombre de la santa obediencia a pedir humildemente perdón y a traerle este pequeño obsequio como satisfacción de las molestias causadas por el lanzamiento de su felino satánico por encima del muro. Confieso que he sido yo. Ah, y también como muestra de agradecimiento por las paltas que nos mandó la vez pasada.
 

Don Bernardo vio la oportunidad de mostrar ante su pariente el valor de los Bernardez de Alba y Arteta, sí, ese valor del siglo XII y lo de Córcega, y le dio un sonoro bofetón al más puro estilo doña Florinda a don Ramón. Fray Bernardo estuvo a punto de empotrarle el keke en la cara al maldito anticlerical, envenenador de perros y criador de gatos diabólicos, pero la santa obediencia siempre había podido más que sus pasiones, así que se incorporó y puso la otra mejilla, volviendo a ofrecer el regalo en silencio. El gesto desarmó a don Bernardo quien sólo atinó a recibir el keke y musitar un “muchas gracias” cerrando la puerta en la cara al fraile.


Fray Bernardo hizo todo el recorrido a su casa pensando en las mil y una maneras que tendría para vengarse del maldito viejo y al mismo tiempo arrepintiéndose y pensando en confesarse de querer matar al prójimo. Don Bernardo por otro lado sólo atinó a preguntarle a su pariente:


-          ¿Quieres un pedazo de keke?


Trataba de disimular pero la verdad sea dicha, nunca antes había visto un pollerudo tan coherente con las enseñanzas de ese su Dios inventado.


        Había que reconocerlo…

        Es verdad don Bernardo

        ¿Qué?

        Nada, nada…

        Tú limítate a narrar que para eso te pago…

viernes 17 de febrero de 2012

Tres lecturas de sombrilla


La cabeza de la hidra
Carlos Fuentes
Suerte de triller mexicano sobre agentes dobles o triples de las dos o tres caras de las cosas escondidas y conspiradoras del mundo de los setentas: la CIA, la KGB, sionistas y palestinos. Varias vueltas de tuerca bien logradas donde uno no sabe quién es quién hasta el final. Creíble al principio luego se peliculiza demasiado con esos típicos diálogos del malo que le explica al bueno porqué lo va a matar y nadie se va a enterar pero resulta que el malo se quema, el bueno sobrevive y nos cuenta la historia. Lógico ¿no? Si se quemaba el bueno, el malo no la contaba. Me entretuvo.
La venganza del silencio
Alonso Cueto
Investigación en torno a la muerte de un hombre rico venido de abajo y ubicado al costado de una importante familia banquera limeña en los años setentas. Está contada por un sobrino rescatado luego de la muerte de sus padres y que es como el tarambana de la familia que no quiere tocar los asuntos del Banco y termina de gestor cultural. Se casa con la prima fea, compra la casa de siempre y colorín colorado. Ojo: no es mala, la prosa en algunos pasajes es un poco tontarrona y algunos personajes bastante estereotipados.







Greg
Jeff Kinney
Las desventuras de un adolescente enano e inteligente tratando de sobrevivir a la jungla del colegio y de sus propias obsesiones. La ilustración es genial y la construcción de los personajes también. En ambos pocas líneas y mucha sensibilidad. Me gustó bastante. Sobre todo la mamá que quiere que su familia sea como la familia Patridge y le genera al pobre Greg un infinito sentimiento de papelón y a su hermano mayor una brutal rabia metalera. No pocas veces los papás somos un pelín ridículos.

Menzognero

Giovanni Menzognero Calabrese había llegado a la Gran Manzana. Chalacos sus abuelos, chalacos sus padres, chalaco él. Como en el mito del eterno retorno, Giovanni revivía en la célebre ciudad la misma experiencia de su abuelo, el napolitano don Francesco Menzognero Catano cuando llegó al Callao: escapando de la falta de oportunidades, con ganas de trabajar en lo que sea y sin más capital que sus ilusiones, perdido entre contenedores, calles húmedas, brea, gaviotas y griterío de puerto. Allí cargó innumerables cajas de latas de atún, canastas con gambas y cangrejos, bultos de tela, plástico y cosas chinas. Fueron justamente las cosas chinas la que terminaron por llevarlo al barrio chino y no al Harlem hispano, esa suerte de Puerto Rico rapero donde todos los pelagatos como él iban a parar. Y fue en el barrio chino donde se inicia la historia. Giovanni era uno de esos tipos para los que conversar es una especie de adicción. Simplemente no podía ser sin conversar. O sea, conversaba, luego, existía. Conversaba sobre lo que hubiera en el ambiente de turno: clima, fútbol, cine, teatro, música, comics, en fin, la lista no acaba. Jamás fue un erudito en nada, lo que no conocía lo preguntaba con genuino interés para repetirlo con autoridad en la próxima conversación. Por eso aprendió algo de chino.
Con esto ya tenemos un chalaco en Nueva York que hablaba español, masticaba inglés y balbuceaba chino. Mientras era segundo asistente del mozo de un elegante restaurante de comida china (allí no hay chifas), se metió en una conversación con un cubano dueño de una agencia de turismo. El caballero lo contrató de guía. Listo, con esto tenemos un chalaco convertido en cicerone de señoras gordas y viejos de todos los países que vienen a la Roma del nuevo mundo para hacer el recorrido de siempre, con cara de pasmo disimulado y cargados de cámaras fotográficas que reproducirán siempre mal lo que se puede bajar mejor y gratis de cualquier sitio.
Y como buen conversador, Menzognero era inmune al desprecio, la ironía y los desplantes, por la sencilla razón de que cualquiera de estas actitudes le quitaría la posibilidad de una buena conversación. Así que el trabajo era su mejor diversión: premunido de una vasta cultura adquirida gracias a wikipedia y youtube, explicaba mejor que nadie de qué se trataba cada uno de los cinco grandes barrios de la ciudad más famosa del mundo, la que nunca duerme, la ciudad en la que todo pasa, donde todos soñaban con ser the number one, y estar en the top of the list, y tarareando todos los littles town blues que le venían a la memoria, siempre pensando que esos blues de la canción eran canciones y no tristezas.
Fue así como una tarde, pasando por el barrio chino, vio una inscripción en caracteres orientales y se puso a explicarla con la suficiencia propia del que se sabe en medio de recién llegados:
-          Allí dice: “el cántaro vacío suena mucho”. Se trata de una célebre frase de Confucio que advierte sobre la necesidad de ser humildes y no hablar de cosas que no se saben.
Y siguió perorando un rato sobre la sabiduría milenaria de la cultura china y como había logrado mantenerse intacta en sus valores ancestrales, hasta que fue interrumpido por un anciano oriental:
-          Disculpe amable guía, pero allí dice “lavandería Sam Yueng, precios módicos por kilos”.
Hay silencios en medio de todos los ruidos posibles. Allí en el segundo piso del bus disfrazado de antiguo tranvía, entre bocinas, chillidos, pregones y olores de comida china, estaba Giovanni con el micrófono en la mano tratando de encontrar alguna salida al acertijo que le proponía la situación. Tres segundos se demoró en contestar:
-          Es verdad, pero mi explicación es más interesante ¿no?
El bus entero rió con la ocurrencia. Al final del paseo un señor le dio una tarjeta. Fue así como Menzognero comenzó la carrera que todos conocemos.

miércoles 15 de febrero de 2012

El triángulo de la muerte

Juan Soso se apellidaba así por un error en la partida que nadie corrigió. Tenía el color gris de los hombres y mujeres que pasan de tres a cuatro horas en combi todos los días. Era tan flaco y bajo que de espaldas se le podía confundir con un niño. Sus treinta años de edad habían sido casi todos ellos tiempo perdido entre estudios incompletos y cachuelos de algunos meses en los que llevaba y traía papeles de una oficina a otra de instituciones de las que no sabía nada, platos de la cocina a las mesas donde comía gente que no lo miraba, zapatos reparados a casas de gente que no conocía. Usaba unos lentes ya opacos de las rayaduras que le habían dejado la vieja corbata con la que los limpiaba cada vez que se le nublaba demasiado la vista por el sudor o el roce con las cejas.

-          Juanito, a los hombres con corbata siempre los respetan.

le decía su mamá, viuda de Benito Sosa, un pintor de barcos que había encontrado la muerte porque al salir de su casa no encontró el seguro del arnés y cayó al fondo de la bodega de un viejo carguero que por esos tristes días se encontraba acodado en el Callao. Y luego de esa alusión a la elegancia y el respeto, la buena mujer siempre añadía suspirando:

-          Cásate, Juanito.

Juanito respondía:

-          Sí, mamá.

Pero no encontraba la chica o tal vez era tan pequeño que no había chica que lo encontrara a él o que lo tomara en serio que viene a ser lo mismo. Juanito había sufrido todas y cada una de las humillaciones propias de un hombre pequeño. Mascota o enano idiota en el colegio, invisible en las aulas y en las colas, se había vuelto un experto en ser un don nadie. Nunca había robado nada ni peleado con nadie. Nunca había hecho otra cosa que obedecer los mandatos de algún jefe de turno: el profe, el chofer de la combi, el dueño del chifa al paso, el tercer secretario de algo en una dependencia pública a la que entró gracias a un tío que era segundo secretario de alguna otra cosa, el dueño de la renovadora de calzado delivery en la esquina de Saenz Peña con Puno. Y todos lo habían querido poco y gritado mucho.

El nombre de Juan Soso parecía destinado encontrarse sin pena ni gloria, sin amor ni descendencia, en la anónima lista del cementerio Baquíjano y Carrillo de la beneficencia pública del Callao hasta que ocurrió todo. Fue en la mañana del tres de enero como consigna el parte policial.

El sujeto que responde al nombre Juan Soso, con DNI 07832671, domiciliado en la calle Puno 312 interior B, había entrado en la tienda “Yambory” para tomar una gaseosa en su recorrido diario de la oficina de supervisión de obras públicas de la municipalidad del Callao a la oficina del ministerio de trabajo en circunstancias en que otro sujeto de raza negra identificado como Martín Gonzales Watson, con DNI 1026438, complexión robusta, un metro ochenta y nueve de estatura apodado “Popo” y prontuariado por robo agravado con modalidad de escalamiento a la residencia de la señora…

Abreviemos. Eran las doce del día y Juanito se moría de sed así que interrumpió su recorrido de portapliegos para comprar una Kola real en la tienda, cuando entró Popo. Como dice el parte, se trataba de un negro gigantesco descendiente de los grandes esclavos traídos de Mozambique durante la colonia. Nariz plana como la de un gorila enfurecido, ojos inyectados en sangre, con varias cicatrices adornándole los arbóreos brazos, pasó al lado de Juanito como si fuera un camión de cuarenta toneladas que pasa a un tico, o sea, sin siquiera verlo, hasta que reparó en él y en un gesto de abuso casi antológico, lo vio a la cara y le quitó los lentes con la tranquila indiferencia con la que uno pone una moneda en un teléfono público, se los guardó en el bolsillo y se dirigió a la chica que atendía y temblaba tanto como el propio Juanito:

-          Dame una cerveza, mamita…

Y dijo esto último comiéndose el abultado labio inferior en un gesto lascivo. Nada se movía en la tienda de Yambori después de la frase del gigante, pero algo inesperado se iba gestando en el interior de Soso: el pánico dio paso a una ira como nunca había sentido, como si todos los abusos de la vida se le hubieran concentrado en este nuevo desaire, esta humillación tan feroz. A pesar de todo, Juanito logró dominarla mirando al piso y lamentándose de no ser más grande ni más fuerte, hasta que el monstruo le dijo a la chica:

-          Mamacita ¿Por qué no vamos allá atrás y te hago mujer?

Dijo levantando la madera que impedía pasar al otro lado del mostrador. La chica, paralizada, sabía que no tenía salvación porque no había nadie en casa y del susto no podía ni gritar mientras el monstruo avanzaba hacia ella con absoluta confianza en su fuerza. De pronto, se oyó una voz fuerte y decidida como la de un héroe de Hollywood, algo entre Sinatra y Buzz light year :

-          Déjala tranquila, negro imbécil…

Juanito se sorprendió mucho y se dio cuenta de que la voz había salido de él cuando el gigante comenzó a buscar quién había osado insultarlo. Tardó unos segundos en redescubrir al enano de las gafas del que hace rato se había olvidado, atrapado y urgido como estaba por sus bajas y feroces pasiones.

-          ¿Qué has dicho enano?

Preguntó con una sonrisa incrédula.

-          Que la dejes tranquila, negro imbécil…

Volvió a hablar el héroe de Hollywood sin que Juanito se lo autorizara. El monstruo no terminaba de entender. Eran muchos los años en que nadie se había atrevido a decirle algo como eso, así que, divertido, casi se dobló en dos poniendo las manotas en las rodillas para mirar de cerca la cara del condenado que iba a perecer con la cabeza aplastada como una granadilla por la pura fuerza de una de sus inmensas manos de Mozambique.

Nunca esperó lo que sucedió. Con la velocidad de una cobra, Juanito le dio un puñetazo en el centro de la nariz y metió al bolsillo una de sus ridículas manitos de mono de organillero. Fue una reacción automática, algo dictado por el pánico que le había vuelto al saber que iba a morir inevitablemente por culpa del actor de Hollywood que sin saber llevaba dentro. El gigante se quedó en su sitio, en la misma posición y con la misma sonrisa. Juanito Soso cerró los ojos ya seguro de su final y por eso no pudo ver lo que vio la chica: como si fuera un árbol herido por un rayo en la base, el gigante cayó primero de culo y después de nuca al piso de la tienda. Estaba muerto.

Mientras la autopsia registraba el deceso como consecuencia de un ligero pero preciso golpe de abajo hacia arriba en la zona nasal que había generado la remoción parcial de la masa encefálica, el barrio decía que Juanito había aplicado sin querer una técnica de arte marcial muy precisa que se concentraba en el famoso “triángulo de la muerte”. No fue difícil que soltaran a Juanito cuando la chica atestiguó que había evitado una violación. Tampoco fue difícil que ella encontrara en él al hombre de su vida, ni que él le dijera cuanto la amaba en una tarde melancólica y dulce que pasaron en el malecón de la Punta. Lo difícil vino después pero ese hecho cambió para siempre la vida de Juanito y desde entonces, toda dificultad le pareció superable. Al negro Popo lo enterraron en el Baquíjano.

martes 14 de febrero de 2012

Cicatrices

No se cierran nunca. Son ventanas de otro mundo. Hasta hoy me duele lo que nunca ocurrió.
-          Paro respiratorio
Me dijo el médico corriendo. Miro a mi pequeño corriendo detrás de la pelota, sus nueve años sonríen y agradezco conmovido sin hacer gesto alguno porque a nadie le gusta ver a un hombre llorando por historias que sólo a Dios le interesan. Y pienso que las entrañas de padre son tan fuertes y feroces como las de la madre. Me se entonces parte de una raza universal: la raza de los hombres que sufrimos esa especie de preñez masculina, un cordón de ternura que cuanto más escondemos más fuerte se hace. Es algo como una patria que nunca se olvida, la fuente de una poesía tan intensa como sobria que desemboca en una caricia mal dada en la cabeza de mi pequeño futbolista que llega hasta la tribuna con la lengua afuera gritando “¡agua!” y al alcanzarle la botella quisiera que mi alma fuera líquida par dársela y que sea siempre feliz. Un llanto tonto asoma y vuelve hacia dentro cuando se va corriendo.
“Paro respiratorio” dijo el médico corriendo. Ya pasaron nueve años y sigue respirando. Es imposible que ese doctor se acuerde de mí. A veces paso por la puerta del hospital de Yanahuara y lo veo dormitando en su escritorio, cansado de la guardia, con esa especie de compasión sin sentimientos de los hombres que atienden emergencias. Siento ganas de besarle las manos, pero no lo hago. Soy sentimental pero no estúpido.
“¡Agua!” regresa mi corderito y vuelve a irse corriendo con sus patas chuecas. No alcanzo esta vez a acariciarlo.
-          Juega muy bien tu hijo
Me dice otro papá sentado a mi derecha. Jamás le contaré que el médico corriendo dijo “paro respiratorio” y que estamos mirando un milagro.
-          El tuyo también
Respondo y veo que sus ojos se humedecen mientras cruzamos los brazos y estiramos las piernas con gesto idéntico, el gesto de nuestra raza, la de los hombres de siempre, los que, como el cholo de la canción, lloran por dentro escondiendo sus historias.
Las cicatrices no se cierran nunca. Ventanas del cielo.

lunes 13 de febrero de 2012

Trompo

Un ejercicio cuentístico sobre algo que casi me pasa el viernes en la noche.

“Parece Venecia” fue la estupidez que pensé mirando los reflejos de la luz en la pista justo cuando el taxi se convirtió en un animal vivo que quería deshacerse de sus ocupantes.

-          Tranquilo, no sueltes el timón ni frenes…

Le dije al chofer cuando la tierra se hizo barro con la lluvia y el barro, jabón. Nos  convertimos en el eje del mundo que giraba cada vez más rápido: tres casas, un campo de cultivo, los rieles del tren, la pista, la picantería, el grifo, la ferretería, la pista, tres casas. Tres casas, los ojos caramelo de mi mujer, sus risas y mis primeros chistes tontos; un campo de cultivo, Gabriel bebé comiendo arena; los rieles del tren, Celeste niña que ha pintado un corazón con mi nombre; la pista, Mateo jugando a quién cuenta más perros; la picantería, Leticia pidiendo “pequeños” en lugar de “tequeños”; el grifo, todavía vestidos de novios, tomando coca cola horas antes de la fiesta y la noche de bodas, asustados y felices, con el amor latiendo en las entrañas, la dulce fuente de los hijos, de la casa propia y la vejez ya sembrada en el “sí” todavía sonoro que nos dimos aguantando la risa en la iglesia; la ferretería, Gabriel pequeño que se caga en uno de mis zapatos y luego avisa que el closet huele a caca;  la pista, Celeste pequeñita culpando a su tío de dibujar en las paredes de la sala; tres casas, Mateo que casi muere sin haber apenas vivido, el miedo que nunca se desempoza del corazón; un campo de cultivo, Leticia cabalgando sobre Gabriel de trece; los rieles del tren, el camión, mi alma llorando el destrozo, una mano ajena que resulta ser la mía intenta vagamente liberar al chofer. Nuestras sangres se mezclan. La Virgen de Chapi todavía se bambolea en el espejo. “El tiempo se confunde cuando la muerte se le acerca” fue lo último que pensé.

jueves 9 de febrero de 2012

¡Bodas de oro de mis papás!

Las bodas de oro de un matrimonio son a la vez las de una familia. Ejercicio de memoria y agradecimiento por la fidelidad de los esposos, esos cómplices en el bien que a lo largo de los años han sabido sortear una infinidad de dificultades anclados en la convicción que sólo el amor de Dios puede fundar en las personas. Su vida se ha convertido en testimonio de que se puede amar hasta que duela, de que lo decisivo es la libertad que se consolida en el compromiso. No dudo de que mis queridos padres están llenos de recuerdos, reflexiones, sentimientos y experiencias en esta celebración, son ambos como esos viejos álbumes que atesoran la vida cotidiana, esa especie de calle de barrio en la que se trenzaron nuestras pequeñas historias en el tiempo y para la eternidad.
Yo me limito a dar mi propio testimonio como hijo, es decir, como uno de los primeros destinatarios de su amor original, es decir de ese amor humanísimo que me dio origen a mí y a mis hermanos.  Y no caben en este testimonio, que intenta ser sincero, los disfraces ni los adornos: el amor de mis padres ha sido siempre un sólido y constante ejercicio de hechos más que de palabras o mimos. Está construido con los miedos del nacimiento de cada hijo, con el dolor de la pérdida de nuestra última pequeña hermanita, angelito dulce que nos espera a todos en el cielo, con amanecidas al costado de la cama, con angustias escolares que nunca fueron por notas sino por conducta, con solidaridades calladas y presencia incólume ante los desvaríos de adolescentes, ante lo riesgos de nuestro crecimiento, de comida caliente que nunca faltó y nosotros, ingratos como buenos hijos, nunca supimos cuantas angustias costó. El amor de mis papás no tiene nada de espectacular pero todo de trascendente, brizna de lo eterno, lo universal y me atrevo a decir de lo divino escondido en los detalles propios de una vida cotidiana, allí donde Dios gusta esconderse. Son innumerables las huellas de ese sacramento cotidiano que nuestra memoria retiene débilmente pero que Dios nunca olvida.
Helo allí en interminables partidas de monopolio, en las máscaras hechas con medias viejas de fútbol que mamá bordaba cuando fuimos catchascanistas en nuestra rabiosamente traviesa infancia, en papá que pescaba con nosotros cuando íbamos de campamento y regresábamos con un cargamento enorme de pejerreyes, cangrejos, machas y lapas y que mamá cocinaba, helo allí escondido en esos silencios de sus diálogos a puertas cerradas que nos protegieron de ver un desacuerdo entre ellos, helo allí en esa solidez que nos grabaron para siempre en lo profundo del alma, porque los Rodríguez Canales podremos tener muchos defectos pero nunca deshonestidad, somos un poco explosivos y sentimentales, no pocas veces hemos sido agresivos y torpes, pero nunca hemos podido engañar a nadie y creo que eso es porque nunca fuimos engañados por nuestros padres.
He ahí también a Dios escondido en los paseos a cualquier parte que a mi papá se le ocurrían  los domingos y mi mamá secundaba guardando chompas y sánguches a la volada porque nunca se sabía donde terminaríamos. Helo también en los secretos dolores de los que nunca nos enteramos, en las decisiones difíciles, en sus esfuerzos por ayudar a otras parejas que nunca entendimos ni valoramos en su momento, en la solidaridad callada que siempre les vimos.
Yo los bendigo padres míos, escuela de lo esencial. Beso sus manos entrelazadas por esos ya gastados aros, testigos de ese mundo fiel que supieron construir para criarnos, para cooperar con Dios para que fuéramos en lo posible, e intentáramos siempre, ser hombres buenos. Yo los bendigo buenos papás y buenos esposos porque nos han llenado de sentido común y de respeto. Y bueno, aunque parezca ya deducirse de todo lo dicho, les digo que sólo quiero ser como ustedes.

Para todos los lectores de este humilde blog: están todos invitados a las bodas de oro de mis papás. Aseguramos la gracia de Dios que compartiremos en la Eucaristía, y si tienen suerte y llegan temprano, una copa de vino blanco (con bizcotela incluida) para alegrarnos juntos por este bello testimonio de amor. Es en la Parroquia de la Reconciliación, en Camacho, a las 12:00, el día 10 de marzo.    

miércoles 8 de febrero de 2012

Naranja mecánica

Creo que por quinta vez he visto “naranja mecánica” de Stanley Kubrick. Y no deja de sorprenderme la aguda y brutal crítica que encierra. El sociópata De large protagonizado por Malcom Mc Dowell parece encarnar todo el fracaso educativo, en este caso, de la sociedad inglesa. Las autoridades aparecen tan ignorantes y brutales como el mismo reo, la única diferencia es que están del lado de la “decencia”. La ironía es atroz: el gobierno intenta dominar la violencia violentando la voluntad y dando un mero límite físico que pasa por alto la libertad del individuo. Al final todo sigue exactamente igual: el sociópata se declara totalmente curado (vuelve a su pasión feroz por el sexo y la “ultraviolencia”) y el poder político ha ganado réditos para perpetuarse ante la opinión pública, atontada y manipulada como siempre por los medios.
Como toda parábola puede aplicarse a muchísimas situaciones. A mí, entre muchas cosas me deja como enseñanza que cuando se busca el poder, el dominio y el control, ya no importan las finalidades con las que se comenzó (el bien de los ciudadanos, el orden, etc.), esto quedará en discurso vacío y usualmente irritante ante la brutal realidad del poder mismo. Tal vez por eso De large es tan violento, sólo refleja la sociedad que lo crió. Lamentablemente mucho de la “real politik”de nuestros días es así. Me recuerda la famosa pregunta de Stalin en Yalta cuando (se non e vero  ben trovato) alguien argumentó algo con alguna alusión al Vaticano: Cuántas divisiones tiene el Papa?

viernes 3 de febrero de 2012

Blogonovela, tercera entrega en que comenzamos a conocer un poco a los pollerudos

Una noche, don Bernardo salió como era su costumbre a dar una vuelta por su jardín. Ya casi había llegado al palto que se asomaba por encima del muro de calamina, cuando a su espalda escuchó una voz que lo paralizó:

- ¡Soy el diablo!

Al volverse, una sombra siniestra se había colocado entre él y la sala de su casa. Como la luz venía de allí no lograba distinguir con claridad si esa figura humanoide era hombre, mujer, ángel o demonio, si era un animal antropomorfo, o un simple juego de su imaginación. Además, la voz era muy extraña, como dos personas que hablan a la vez en tonos muy diferentes: uno muy agudo y otro ronco, como el de un viejo fumador de pulmones cavernosos y garganta enrojecida por el alcohol. Don Bernardo cogió una fuerte rama del palto que había caído en la mañana y haciendo acopio de todo el tradicional valor hispánico de los Bernardez de Alba y Arteta, conquistadores de la isla de Córcega en el siglo XII, emplazó a la aparición:

- ¡Diablo o no te voy a moler a palos, baboso!

La figura pareció desconcertarse cuando el viejo se acercó a ella blandiendo el palo de palto que aún conservaba unas hojas, y, lejos de atacar, dio media vuelta y corrió hacia la casa, justamente como alma que lleva quien ya sabemos. Don Bernardo fue detrás de ella y atrapó a la aparición en la cocina. Allí vio una especie de costal de harapos acurrucados debajo de la mesa de diario. Al tocarlo con el palo, el aparecido desenvolvió una lamentable cabeza de guarapero viejo como la peste. Cuatro pelos larguísimos le quedaban en el cráneo miserable, un cuello mugroso y arrugado se asomaba por debajo de los harapos, dos dientes afeaban aún más la sonrisa cadavérica que recordaba fuertemente esa vieja escultura de Baltasar Gavilán que representa la muerte. Cuando don Bernardo se estaba preguntando de dónde había salido semejante aparición y sobre todo cómo había entrado a su jardín, sonó el timbre. Diciéndole al guarapero que no se mueva, fue a abrir. Uno de los frailes lo esperaba en la puerta.

- Don Bernardo… ¿Por casualidad no ha visto a un anciano por acá?

- Está en mi cocina ¿Usted tiene algo que ver con es espanto?

- Bueno, es uno de los menesterosos que estamos ayudando…

El fraile entró a la cocina, le dijo “vamos Martín” al viejo desmuelado que le respondió que él era el diablo y no Martín, pero que no se resistiría porque el viejo del palo le daba más miedo que Dios mismo así que le dio la mano al fraile. Este pidió perdón a don Bernardo.

Allí se enteró don Bernardo que la comunidad vecina pertenecía a la Orden de Redención del Trabajo Ordinario, institución fundada por San Tarcisio Tardelli, un religioso del norte de un gran país al sur de Ciudad Azul que dedicó toda su vida al servicio de los más pobres y marginados. Un dato curioso es que precisamente en su país de origen no se podían usar las siglas de la congregación por razones de homonimia con una grosera expresión muy usada en la región. Las hagiografías de San Tardelli atribuían este descuido a la pureza angélica del fundador que jamás había pronunciado una mala palabra por lo que muchos de sus biógrafos pensaban que prácticamente no las conocía, cosa rara dado que trabajó en los arrabales más oscuros de la capital del país. Como sea, los frailes se dedicaban, siguiendo las huellas de su fundador a ayudar a las personas más pobres entre los pobres.

Fue así como la vieja casa a la espalda de la mansión de don Bernardo se llenó de sidosos, prostitutas, locos y viejos tuberculosos que entraban a bien morir, estar allí a salvo de alguna obsesión o simplemente tener un lugar mejor que la calle para poder comer y dormir. De todo hizo el prócer ciudazulesco para deshacerse de sus vecinos pollerudos: los denunció a la municipalidad, mandó una carta al arzobispado, llamó a la policía, alertó a los vecinos sobre el peligro de ese dudoso albergue y muchas otras cosas más. Nada resultó: la municipalidad le dijo que el de los curas era un buen trabajo que ayudaba a la ciudad, el arzobispado que tenían autorización, la policía terminó por decirle que tenía cosas más importantes que atender y los vecinos que estaban felices porque muchos de sus familiares perdidos ahora tenían un lugar tranquilo y hasta estaban aprendiendo un oficio.
 
¿Lograrán convivir los pollerudos con el prócer? ¿Ocurrirá un milagro?

miércoles 1 de febrero de 2012

Luz, sombra y silencio en Ricardo Córdova

Vive en Tingo, un distrito que conserva el pomposo nombre de balneario, los restos de un esplendor decimonónico y la presencia de los arequipeños viejos y jóvenes que todavía van allí los domingos, prolongando tercamente la tradición tierna y dulcera de comer buñuelos al atardecer, cuando todo se pone rojo y el alma tiembla de melancolía. Palmeras huérfanas, humedad de río, algunas casonas desvencijadas, un empedrado que bordea la alameda y eso parece todo, pero no es así, hay dos o tres calles estrechas que desembocan en ella. En una de ellas que parece diseñada para el paso de caballos y a lo más alguna carreta, está la casa del pintor. Siempre me pregunté cómo hace para guardar su carro. Si es que lo tiene.

Ricardo Córdova se ha especializado con arequipeño ahínco en observar la luz. Y su mirada tiene mucho de pureza infantil. Todos sus cuadros tienen eso que vimos por primera vez de niños: la línea que genera el polvo iluminado, el cuadrado de luz en el piso, su proyección deformada por la pared, la sombra de una camisa tirada en la silla, el esplendor níveo de unas sábanas recién abandonadas por alguien que acaba de irse, el ángulo mínimo de un techo de sillar, el encuadre fotográfico de un trozo de escalera. Hasta sus cuadros más abstractos y coloridos están llenos de luz.
Yo no se casi nada de pintura; como de muchas cosas en el arte, soy un mero consumidor que sólo es capaz de decir si un cuadro le gusta o no, si le despierta ese pasmo íntimo que sólo se siente ante la belleza, si el que lo pintó ha coincidido con lo inefable que llevamos dentro. Y eso es lo que he visto en los cuadros de Córdova.

Jamás diría que soy su amigo porque la amistad es una feliz y dolorosa trenza de historias y la suya no la conozco gran cosa como él no sabe de mí más que datos sueltos, algún saludo amable en un encuentro circunstancial. Soy a lo más un coincidente profundamente agradecido por el aire puro que permite respirar la prodigiosa sencillez de su obra. Sencillez que -se nota- le ha costado muchas horas de trabajo y dolor pero sobre todo de silencio, de olvido de esa cosa irrelevante que rodea todo arte: aplauso. Aunque, en evangélica paradoja, también lo ha tenido. Ejemplo grande de lo que ocurre cuando uno vive para su arte y no de él. Y eso me llena de respeto.

Debo decir una última cosa movido por una manía profética y mi tremenda ignorancia: creo que Ricardo Córdova es un pintor de los verdaderamente grandes. Se sonrojará él y se reirán de mí, pero sólo trato de ser fiel a lo que he visto.

martes 31 de enero de 2012

Blogonovela, segunda entrega en la que se puede leer cómo don Bernardo no puede evitar regalarles unas paltas a los odiados pollerudos

Al día siguiente, salió a comprar pan temprano y se encontró con uno de los frailes que seguía su mismo camino. El religioso lo saludó con una cortesía que se adivinaba proveniente de una educación de muchos años, una costumbre para tratar a las personas, como que viniera de un viejo manual de urbanidad:

- Buenos días, don Bernardo. Paz y bien…

Más allá de sus feroces ideas, Don Bernardo tenía una máxima en la que creía más que en la inexistencia de Dios y la perversidad de la iglesia católica: “nací caballero, viví caballero y moriré caballero”. Que quería decir básicamente que los modales para con las personas que uno se encontraba en la calle eran un deber y un acto de justicia que no se le podía negar a nadie, sin importar lo que pensara, dijera o hubiera hecho.

- Buenos días, señor.

Y se quedó callado tratando de determinar si esa era la voz que había oído la noche anterior. Le fue imposible llegar a una conclusión y no le quedó más opción que ir de camino con el fraile conversando del clima, de la situación política del país, de la crisis social y económica que amenazaba a la Ciudad Azul. Quedó impresionado por el buen sentido del religioso pero no se dejaría engañar. “Todo el que ha estudiado con jesuitas conoce los trucos de la diplomacia religiosa, detrás de tota amabilidad eclesiásitica hay siempre la intención de medrar de alguna manera” se repetía constantemente achinando los ojos.

Al día siguiente, muy temprano, don Bernardo comenzó con sus averiguaciones. Se subió a un palto que superaba en altura la pared de calamina y alcanzó a divisar el comedor de los frailes. Contó diez platos limpios que al parecer habían sido colocados el día anterior. No se divisaba a ninguno de los pollerudos, sólo un robusto pastor alemán lo comenzó a mirar primero con curiosidad para ir poco a poco acercándose, tratando de adivinar las intenciones que podría tener ese hombre reseco que trepado en el palto, casi no se distinguía de las ramas. Fuera como fuera, el perro decidió que no eran buenas así que comenzó a ladrarle con ferocidad. El viejo le sacaba los dientes para hacerlo rabiar más vengándose del susto de la noche pasada. En eso estaba, gozando de ver al perro desgañitarse a ladridos cuando una voz lo volvió a paralizar: de un ángulo que él no había logrado dominar desde su puesto de observación, uno de los pollerudos le dijo:

- Paz y bien, don Bernardo…

Se sorprendió el viejo de que este pollerudo, distinto al de ayer, conociera su nombre pero inmediatamente lo atribuyó a la inveterada manía de la iglesia de andar espiando a los demás. Y al pensar esto último quedó herido en su finísimo sentido de lo que es propio en cada situación, ya que era él el que había estado espiando a los frailes y no al revés, así que trató de disimular lo mejor posible la incomodidad de verse descubierto en la actitud tan infantil y sobre todo, tan poco caballeresca de hacer rabiar a un pobre irracional sumiso como puede ser el nefando perro de una comunidad de pollerudos:

- ¿Cómo le va señor? Yo aquí cosechando unas paltitas para el almuerzo…

Dijo sin que nadie le hubiera preguntado y entró en esa especie de túnel semántico y psicológico en que las personas formales terminan por decir lo que no quieren, traicionando con las palabras sus más verdaderas intenciones y sentimientos. Don Bernardo odiaba a muerte a la iglesia, a los curas y a todos los impotentes y débiles mentales sometidos a la superstición de la transnacional más poderosa del mundo como gustaba llamar al catolicismo. Jamás le regalaría nada a semejante manada de lobos y embaucadores morales, mucho menos una de esas hermosas paltas que había heredado de su padre cuando ese jardín maltrecho era sólo una mínima parte de una hacienda que se extendía hasta donde llegaba la mirada, pero, atrapado en el túnel de la situación, temiendo más que a la muerte el ridículo de tener que admitir que simplemente se había trepado al árbol para espiar y hacer rabiar al perro, obligado por la excusa que acababa de inventar, no tuvo según él más remedio que decir a continuación:

- Más tardecito le llevo unas cuantas…

- Muchas gracias hermano, es usted muy gentil. Nos vendrán muy bien para el almuerzo.

Le respondió con franqueza el fraile. Y aunque don Bernardo trató de achacarle alguna nefanda intención no tuvo cómo hacerlo ya que el religioso parecía simplemente estar de camino hacia el comedor y en ese trayecto lo había visto trepado al árbol haciéndole gestos al perro. Y aunque intentó, tampoco pudo reconocer la voz que lo había insultado esa noche. No le quedó a nuestro hidalgo más remedio que comenzar a cosechar las paltas, cosa que terminó en menos de una hora en que pudo contarlas: diez. Además de ser unos inútiles que no producían más que rezos y artilugios para manipular las conciencias, tendría que regalarles sus preciadas paltas. Cogió una canasta, las colocó con mucho cuidado y, mascullando mil maldiciones, las llevó a la casa de los frailes dando la vuelta a la manzana. Tocó la puerta, se las entregó al fraile que salió a abrir y regresó a su casa ¿Cómo seguirá la historia? ¿Logrará don Bernardo descubrir al cura faltoso? ¿Llegarán a entenderse los dos bandos? ¿Comerán las paltas sin ningún problema?